En el amanecer de aquel fatídico día los olores de la muerte se paseaban por el pueblo. Durante la noche, una gran avalancha de lodo y piedras bajó desde las montañas arrasando con todo lo que encontraba a su paso y borrando, de un tajo, el pequeño caserío asentado en la parte baja del cerro. Un muchacho, que minutos antes había ido hasta la tienda del otro lado del río, se topó al regresar con un muro de aguas turbulentas desbordadas sobre el puente impidiéndole el paso. Fue uno de los pocos sobrevivientes, pero se quedó solo en este mundo. Con mi cariño sincero, le dedico este poema.
(Cuartetos modificados)
La lluvia cayó abundantemente,
la tempestad las calles inundó;
el arroyo creció y la borrasca
sin compasión la vida me arrancó.
La vida me arrancó, porque a su paso,
mi memoria borró con su embestida;
dejando mi existencia desolada,
sin recuerdos, que al fin eran mi vida.
Eran mi vida, porque eran sólo míos:
mi casita, mi escuela, mi jardín;
mis padres, mis amigos, mis hermanos,
de mi niñez mis juegos, mi trajín.
Niñez que fue truncada, de repente,
teniendo que vivir en la orfandad;
llevando por constante compañía
la pena de mi amarga soledad.
Soledad que no mata, pero hiere,
con sus dardos de cruel melancolía;
poco a poco me pierdo en el olvido
y muere lentamente el alma mía.
Como muere también, en su agonía,
mi corazón cansado y dolorido.
Rahulig/014
DRA
Imagen: Santa Teresa
Paz de Río
Soledad que no mata, pero hiere,
con sus dardos de cruel melancolía;
poco a poco me pierdo en el olvido
y muere lentamente el alma mía.
Como muere también, en su agonía,
mi corazón cansado y dolorido.
Rahulig/014
DRA
Imagen: Santa Teresa
Paz de Río


