Cumplir setenta y cuatro años es, para mí, un verdadero logro; más aún después de los problemas de salud que padecí en el mes de noviembre pasado. Agradezco a Dios esta vida que tengo y espero disfrutar plenamente lo que me quede de ella. No necesito mucho para ser feliz; con muy poco me basta: el amor familiar, la guitarra, libros y cuadros, la bicicleta, los amigos y, por supuesto, los poemas y canciones –incansables viajeros del tiempo–, volando en busca de los lectores que acompañan mi camino y me ayudan a sobrellevar los avatares del destino. Así de simple es mi existencia, nada de lujos ni opulencia, la mera humildad… como lo decía mi abuelo.
Tras los cumpleaños se nos va la vida, como entre los dedos... el agua escurrida.
PASO A PASO
(Jotabé octonario con estrambote)
Mientras unos vamos lento, la procesión va de prisa;
como rauda va la vida tras la luz de una sonrisa.
A hurtadillas se escabulle, como el agua entre los dedos,
y nosotros por la senda, meditando, quedos, quedos;
aunque de pronto aparezcan las angustias o los miedos,
capoteando inequidad, maleficencia y enredos.
Navegando, navegando rumbo a incierto lugar,
río abajo, como piedra que no para de rodar.
Yo por mi parte, prefiero caminar por la cornisa,
a pesar de los peligros no corro ni hago remedos,
porque en medio de tormentas lo mejor es aguantar.
Paso a paso, avanzar,
aunque me doblegue, a veces, algún penar escondido:
cumplo los setenta y cuatro... valorando lo vivido.
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Rafael Humberto Lizarazo G.
Imagen: Un instante nada más
Del álbum familiar



