Desde lo insufrible de la ausencia y el peso de los años, evoco la memoria entrañable de mi madre como luz permanente del espíritu; transita mi existencia entre la nostalgia, el cansancio y la gratitud, hallando en su recuerdo consuelo, guía y compañía frente al paso del tiempo. Su luz aún perdura, su brillo no se extingue; me acompaña y da sosiego en medio de la melancolía que me causa el no tenerla, como antes, a mi lado… para caminar de su mano por la vida y sentirme el rey del mundo.
ELEGÍA
(Soneto Lizaraiano)
Su perenne recuerdo es el consuelo
en el diario trajín de mi agonía;
se torna la tristeza en alegría
y su luz ilumina mi desvelo.
Es brújula, es timón, es compañía.
A mi alma, sin piedad, desasosiegan
saudades y visiones que me llegan.
Quisiera, junto a ella, y es mi anhelo,
con mágicas visiones cada día,
volver a disfrutar de la ambrosía
que signara la ruta de mi vuelo.
Es brújula, es timón, es compañía.
Mis pasos, ya cansados, se doblegan,
mientras los arreboles se despliegan.
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Rafael Humberto Lizarazo G.
Imagen: El rostro de mi madre
Del álbum familiar
