A la profesora Cecilia, quien alternaba las clases de Ciencias Sociales con las de Educación Artística, le complacía enseñarnos a cantar. Como tarea, debíamos aprender una canción de nuestro intérprete favorito para presentarla en la evaluación final. Por aquellos años, en las radiodifusoras regionales y nacionales comenzaba a escucharse con mucha fuerza la voz de un baladista español conocido como «Raphael». Yo admiraba profundamente aquella voz melodiosa y potente y, por ello, me entregaba a memorizar sus canciones. Recuerdo que, en tercero o cuarto de bachillerato, obtuve una calificación sobresaliente al interpretar la balada Desde aquel día, que era una de mis favoritas.
RAPHAEL
(Jotabé con estrambote)
Raphael Martos, «Niño de Linares»,
la voz más admirada en estos lares.
Seducido quedé, eh... Ave María,
cuando escuché la grata melodía
de una balada triste que decía
añorar el amor, Desde aquel día.
Su portentosa voz, en plenitud,
acompañó mi ya ida juventud.
Y aún son sus magníficos cantares,
en mi vida, la grata compañía
que alegra la apacible senectud.
Toda mi gratitud,
porque seguro estoy: Yo soy aquel,
de sus admiradores, el más fiel.


